En diálogo con: José María Cagigal, Deporte, pedagogía y humanismo (1966) y
Mario Aguilar / Rebeca Bize, Pedagogía de la intencionalidad (2010) Ramón
Ezequiel Rojas Hernández Maestro especialista en Educación Física y Deportes,
Universidad de La Laguna Director del Servicio de Deportes de la Universidad de
La Laguna (julio de 1995–abril de 2024) 27 de marzo de 2026 Resumen El presente
artículo propone un diálogo entre dos obras fundamentales para quienes se ocupan
de la educación desde el deporte y la actividad física: Deporte, pedagogía y
humanismo, del español José María Cagigal (1966), y Pedagogía de la
intencionalidad. Educando para una conciencia activa, de los chilenos Mario
Aguilar y Rebeca Bize (2010). Ambas obras parten de una misma preocupación: la
educación tradicional ha reducido al ser humano a una entidad pasiva,
despojándola de su riqueza interior. Desde marcos teóricos distintos —el
Humanismo Deportivo y el Humanismo Universalista—, los dos textos convergen en
una apuesta pedagógica que reconoce la corporalidad, la intencionalidad y la
conciencia activa como ejes irrenunciables de cualquier proyecto educativo
auténtico. El artículo recorre los puntos de encuentro y tensión entre ambas
propuestas, con particular atención a sus implicaciones para la educación física
y el deporte escolar y universitario. Palabras clave: humanismo deportivo,
pedagogía de la intencionalidad, conciencia activa, educación física,
corporalidad, José María Cagigal, Humanismo Universalista, adaptación creciente,
paisaje interno, paisaje externo, paisaje humano. Introducción Hay libros que no
envejecen porque formulan preguntas que cada generación debe hacerse de nuevo.
Deporte, pedagogía y humanismo de José María Cagigal es uno de ellos. Escrito en
1966, en plena efervescencia del deporte de masas y del debate sobre la
educación física como disciplina universitaria, el texto plantea con claridad
meridiana que el deporte solo puede ser educativo si está al servicio del ser
humano, y no al revés. Más de cuatro décadas después, Pedagogía de la
intencionalidad. Educando para una conciencia activa de Mario Aguilar y Rebeca
Bize (2010) retoma esa misma urgencia desde otro ángulo: el del Humanismo
Universalista, la fenomenología de la conciencia y la neurociencia
contemporánea. Lo que sorprende al leer ambas obras en paralelo es que, sin
citarse mutuamente, sus autores parecen estar respondiendo a la misma cuestión.
Cagigal se pregunta por qué el deporte, con toda su potencia humanizadora,
termina siendo sometido al rendimiento, la exhibición y la lógica del mercado.
Aguilar y Bize se preguntan por qué la educación, con toda su capacidad
transformadora, termina siendo una herramienta de pasivización y uniformización.
La respuesta, en los dos casos, apunta en la misma dirección: porque se ha
perdido de vista al ser humano concreto, con su cuerpo, su historia, su mundo
interior y su capacidad de intencionar sobre la realidad y transformarla. Este
artículo no pretende ser un resumen de ninguna de las dos obras. Pretende, en
cambio, crear un espacio de conversación entre ellas: señalar dónde se
reconocen, dónde se complementan y, ocasionalmente, dónde su énfasis difiere. El
destinatario natural de este diálogo es el estudiante y el docente escolar y
universitario vinculados a las ciencias del deporte, la educación física y la
pedagogía, convencidos de que pensar con profundidad estas cuestiones no es un
lujo teórico sino una necesidad práctica urgente. 1. El punto de partida: el ser
humano que queremos formar Toda propuesta educativa lleva implícita —o debería
llevarla explícita— una concepción de ser humano. Este es, precisamente, el
primer punto de confluencia entre ambos autores. Cagigal no parte del atleta ni
del alumno: parte del hombre o ser humano. Su humanismo deportivo tiene raíces
inequívocamente filosóficas. Influido por la fenomenología y el existencialismo
que recorrían la Europa de posguerra, entiende que el ser humano es una unidad
indisoluble de cuerpo, mente y espíritu, y que el movimiento corporal es una de
las formas más genuinas en que esa unidad se expresa. El deporte, en su
dimensión auténtica, no es adiestramiento del cuerpo: es educación del ser
entero. Aguilar y Bize sostienen algo análogo desde el Humanismo Universalista
de Mario Rodríguez Cobos (Silo). Para comprender su alcance pedagógico, conviene
detenerse en la definición de ser humano que Silo elabora en la Sexta Carta de
Cartas a mis amigos, porque es allí donde esa base antropológica se hace más
explícita y operativa. Frente a la idea tradicional de una naturaleza humana
fija o meramente biológica, Silo propone que el ser humano es, en su esencia, un
ser histórico-social cuyo modo de acción transforma no solo el mundo que habita,
sino su propia naturaleza. Esta definición se despliega en tres planos
inseparables. El primero es el plano histórico: a diferencia del animal, cuya
conducta permanece relativamente estable a lo largo de los siglos, el ser humano
se construye a sí mismo en el tiempo, acumulando y reelaborando la experiencia
de las generaciones anteriores. No hay esencia humana dada de antemano; hay un
proceso abierto de auto-constitución. El segundo plano es el social: no existe
el ser humano en solitario. La lengua, la tecnología, la afectividad y la forma
de percibir el mundo son productos del vínculo con los demás; el "otro" no es un
accidente de la existencia humana, sino una de sus condiciones constitutivas.
Silo lo sintetizaba en esta afirmación: “Existo porque tú existes”. El tercer
plano es el de la intencionalidad y la transformación, y es aquí donde Silo
introduce uno de sus conceptos más originales y fecundos: el de adaptación
creciente. Para comprenderlo, conviene distinguirlo de las otras dos formas de
relación entre el ser vivo y su medio. La adaptación pasiva, propia del mundo
animal, consiste en que el organismo se modifica a sí mismo para encajar en el
entorno: si el clima cambia, el cuerpo muta lentamente o la especie perece. La
adaptación activa, que ya aparece en los primeros estadios de lo humano,
invierte esa relación: en lugar de esperar que el cuerpo se adapte al frío, el
ser humano descubre cómo conservar el fuego y, más tarde, producirlo; construye
un refugio, fabrica ropa. Pero la adaptación creciente es un paso
cualitativamente superior: es el proceso por el cual, al transformar el medio,
el ser humano se transforma a sí mismo, ampliando sus posibilidades y su
libertad en una espiral que no tiene techo prefijado. El ser humano no se adapta
al medio, adapta el medio a sus necesidades presentes y futuras, ya que su
conciencia activa e intencional le permite diferir respuestas e imaginar un
futuro que le permita avanzar en la superación del dolor físico y el sufrimiento
mental. Silo describe este proceso como un circuito de retroalimentación
continuo. Ante una carencia o un dolor, la conciencia —a diferencia del
instinto— no reacciona automáticamente sino que proyecta una solución en el
futuro: eso es la intencionalidad en acto. La acción que sigue crea una
herramienta, una organización social, un conocimiento nuevo. Y ese resultado no
clausura el proceso: abre un horizonte de problemas más complejos que antes ni
siquiera podían ser imaginados. La libertad, en este sentido, no es un estado
que se alcanza, sino una dirección que se recorre. Lo que hace que esta
adaptación sea específicamente creciente es, además, su carácter acumulativo y
transgeneracional: lo que una generación aprende y transforma, la siguiente lo
hereda como punto de partida, no como punto de llegada. La memoria social
convierte cada conquista individual en patrimonio colectivo, y cada generación
empieza desde donde la anterior terminó. Otra consecuencia de la práctica de la
adaptación creciente consiste en el ahorro energético, en la creación de energía
libre, que es la que nos permite imaginar y construir un futuro mejor para uno
mismo y para los demás. Sin energía libre no es posible el desarrollo propio y/o
colectivo. Esta visión tiene consecuencias pedagógicas directas e ineludibles.
Si el ser humano es conciencia activa y constructor de realidades —y no una
entidad receptora de lo ya establecido—, el aprendizaje no puede ser concebido
como mera acumulación de información. Y si su condición es la de un ser
histórico-social en proceso permanente de adaptación creciente, la educación no
puede limitarse a reproducir el orden existente: debe habilitar al estudiante
para comprenderlo críticamente y, desde esa comprensión, contribuir activamente
a transformarlo. Enseñar, en este marco, es activar el circuito: despertar la
necesidad, estimular la intencionalidad, acompañar la acción transformadora y
reflexionar sobre ella para seguir perfeccionándola. Aplicado al campo de la
educación física y el deporte, este marco antropológico adquiere una concreción
especialmente iluminadora. El movimiento humano no es un fenómeno meramente
biológico ni una habilidad técnica que se adquiere por repetición: es una
expresión privilegiada de esa adaptación creciente. Cuando un estudiante aprende
a nadar, a controlar su cuerpo en el espacio o a coordinar su esfuerzo con el de
sus compañeros en un juego colectivo, no está simplemente ejecutando un programa
motor: está transformando su relación con el medio físico y social, y al
hacerlo, se está transformando a sí mismo. Cada nuevo gesto técnico dominado,
cada límite corporal superado, cada derrota asimilada con inteligencia abre un
horizonte de posibilidades que antes no existía. En este sentido, la práctica
deportiva bien orientada pedagógicamente es uno de los espacios donde la
adaptación creciente se hace más visible y más consciente: el cuerpo en
movimiento es, a su manera, un laboratorio de la condición humana. Cagigal,
desde su humanismo deportivo, había intuido exactamente esto cuando insistía en
que el deporte auténtico no es adiestramiento sino formación. Lo que el marco
conceptual de Silo, recogido por Aguilar y Bize, aporta, es la fundamentación
antropológica de esa intuición: si el ser humano es el ser que se transforma
transformando su mundo, entonces toda práctica pedagógica que active
conscientemente ese circuito —incluida la educación física— está contribuyendo a
algo más que al desarrollo de competencias motrices. Está participando en el
proyecto más antiguo y más abierto de la especie: el de la construcción de una
humanidad cada vez más libre y feliz. El paralelismo es llamativo. Cuando
Cagigal critica el deporte de alto rendimiento que convierte al deportista en
instrumento del espectáculo, está denunciando exactamente lo que Aguilar y Bize
llaman "pasividad de la conciencia": la reducción del ser humano a objeto, a
engranaje de un sistema que no lo tiene en cuenta como sujeto y lo cosifica. Y
cuando Cagigal reivindica el deporte amateur, el juego libre, la actividad
física por el placer de practicarla, está reclamando ese mismo espacio de
agencia y protagonismo que en el libro chileno se llama "conciencia activa"; la
transformación ha de ser simultánea: el cambio interno produce el cambio externo
y viceversa, en la dirección de la humanización individual, interpersonal y
social creciente. Toda teoría y praxis educacional responde —explícita o
implícitamente— a una concepción de ser humano y una aspiración de desarrollo
social que emana de dicha concepción. (Aguilar y Bize, 2010) Esta frase podría
haber sido escrita por Cagigal sin cambiar una sola coma. Ambas obras parten de
la convicción de que no hay pedagogía neutra: siempre hay una apuesta
antropológica detrás de cada práctica educativa, y esa apuesta debe ser
examinada, cuestionada y asumida con responsabilidad. 2. El cuerpo como sujeto
pedagógico Una de las contribuciones más originales de Cagigal a la pedagogía es
su reivindicación del cuerpo como dimensión constitutiva del ser humano y no
como mero instrumento. En una época en que la educación física era
frecuentemente relegada a una asignatura menor —cuando no directamente
despreciada por las élites intelectuales—, Cagigal argumenta con rigor que la
motricidad humana es una forma de conocimiento, de expresión y de relación con
el mundo que no puede ser sustituida por ninguna otra. Aquí aparece una
coincidencia profunda con la filosofía subyacente en Pedagogía de la
intencionalidad. Aguilar y Bize, apoyándose en la psicología del Nuevo
Humanismo, la neurociencia y en los aportes de Humberto Maturana y Francisco
Varela, muestran que el aprendizaje no ocurre exclusivamente en el cerebro
entendido como procesador lógico: ocurre en la estructura completa del
psiquismo, que integra sentidos, memoria, conciencia y centros de respuesta,
entre los que el centro motriz ocupa un lugar esencial. Conviene precisar,
aunque sea sucintamente, a qué aportes concretos remiten los autores. Desde la
neurociencia, los trabajos de Antonio Damasio sobre los marcadores somáticos
demostraron que las emociones y los estados corporales no son accesorios del
pensamiento racional sino condiciones de posibilidad del mismo: el cuerpo
participa activamente en cada proceso de toma de decisiones y de consolidación
de la memoria. Por su parte, los hallazgos sobre neuroplasticidad confirmaron
que el sistema nervioso no es una estructura fija sino un tejido que se
reorganiza continuamente en función de la experiencia vivida, incluida, de
manera muy destacada, la experiencia motriz. En cuanto a Maturana y Varela, su
contribución central, desarrollada en El árbol del conocimiento, es la noción de
que el sistema nervioso no "procesa información" proveniente del exterior como
si fuera un ordenador: más bien genera sus propios estados internos en
acoplamiento estructural con el entorno. Conocer no es representar una realidad
externa; es una forma de estar en el mundo, inseparable del cuerpo que ese estar
implica. A esto los autores añaden el concepto de psiquismo estructurado en
centros de respuesta que Silo desarrolla en Apuntes de psicología: el centro
vegetativo, el centro motriz, el centro emocional y el centro intelectual no
operan de manera aislada sino en una dinámica de mutua influencia, de modo que
toda experiencia significativa deja una huella simultánea en varios de esos
registros a la vez. Un ejemplo tomado del ámbito de la actividad física y el
deporte permite hacer visible esta dinámica con toda su concreción. Imaginemos a
un joven que aprende por primera vez a ejecutar una volea en tenis. Desde una
perspectiva reduccionista, el aprendizaje consistiría en repetir el gesto
técnico hasta automatizarlo: el cerebro "graba" el movimiento correcto y lo
reproduce cuando la situación lo requiere. Pero lo que realmente ocurre es mucho
más complejo y abarca la totalidad del psiquismo. El centro motriz registra la
secuencia muscular y el timing del golpe, pero lo hace siempre acompañado de un
tono emotivo: la tensión de la primera vez, la satisfacción cuando la pelota
sale limpia, la frustración cuando el golpe falla repetidamente. El centro
intelectual elabora estrategias, anticipa trayectorias, construye una
representación espacial del juego. Y el centro vegetativo responde con cambios
en la respiración, la frecuencia cardíaca y el tono muscular general que
condicionan la calidad de cada intento. Todo este conjunto —gesto, emoción,
pensamiento, estado corporal— se graba en la memoria como una unidad
inseparable. Por eso, cuando ese mismo joven regresa a una pista de tenis
después de un largo paréntesis, no solo "recuerda" cómo se ejecuta una volea: su
cuerpo entero recuerda, con toda la carga emotiva y sensorial que acompañó aquel
aprendizaje inicial. Más aún: los autores chilenos recuperan el concepto de
imagen —entendida no solo como representación visual sino como síntesis
multisensorial que incluye lo olfativo, lo auditivo, lo táctil, lo cenestésico y
lo kinestésico— tal como la concibe Mario Rodríguez, Silo, en el ensayo
“Psicología de la imagen” incluido en su libro “Contribuciones al pensamiento”
(1991), para mostrar que toda experiencia de aprendizaje se graba en la memoria
con un tono emotivo y corporal que la acompaña de manera inseparable. Esto tiene
implicaciones enormes para la educación física: significa que la vivencia
corporal en el deporte y el ejercicio no es un accesorio del aprendizaje
intelectual, sino una forma de aprendizaje que opera con sus propias lógicas y
que deja huellas tan profundas como cualquier otra. Cagigal lo diría de otra
manera, pero apuntaría al mismo lugar: el movimiento humaniza porque es una
forma de estar en el mundo, de reconocerse en el propio cuerpo, de experimentar
los límites y las posibilidades de la existencia concreta. La carrera, el salto,
el juego colectivo, la destreza técnica cultivada con paciencia: todo esto forma
al ser humano de maneras que el aula convencional nunca podría alcanzar por sí
sola. Donde Aguilar y Bize aportan una novedad significativa respecto al
planteamiento de Cagigal es en la teoría del paisaje que Silo desarrolla en
obras como Humanizar la Tierra y Psicología de la imagen, y que los autores
chilenos incorporan como herramienta pedagógica de primer orden. Para Silo, el
paisaje no es una simple percepción del entorno: es la estructura compleja en la
que se encuentran el sujeto que mira y el mundo que es mirado, siempre mediados
por los usos y costumbres de la época, los recuerdos, los deseos y los temores
que ese sujeto lleva consigo. Esta estructura se despliega en tres dimensiones
que operan simultáneamente y de manera inseparable. El paisaje externo es el
mundo de los objetos, las instituciones, las reglas y las condiciones
materiales: en el contexto deportivo, es el gimnasio, la pista, el reglamento,
el clima, el material disponible. Es el escenario de la acción, aquello que el
ser humano puede y debe transformar para satisfacer sus necesidades y ampliar su
libertad y felicidad. El paisaje interno es el conjunto de imágenes, recuerdos,
impulsos, temores y esperanzas que constituyen el trasfondo desde el que cada
sujeto percibe y actúa: es, en términos deportivos, la cenestesia profunda del
alumno, su historia corporal, sus bloqueos y sus capacidades no reconocidas, la
memoria emotiva de cada experiencia motriz anterior. Y el paisaje humano es el
conjunto de los demás: compañeros, rivales, entrenador, público; no como objetos
o instrumentos, sino como seres intencionales cuyas acciones tienen sentido y
cuya presencia constituye el horizonte social de toda práctica. Para Silo,
reconocer la intención en el otro es lo que humaniza la acción y a quien la
realiza; en el deporte, esto significa que el rival no es un obstáculo a
eliminar sino un interlocutor necesario con quien se construye, paradójicamente,
la experiencia del propio límite y la propia superación. La clave pedagógica de
esta teoría reside en lo que Silo llama la mirada que estructura el paisaje: no
vemos el mundo como es, sino como somos y creemos. Un alumno que llega a la
clase de educación física cargando un paisaje interno marcado por experiencias
previas de humillación, miedo al ridículo o comparación desfavorable con sus
compañeros, no verá el mismo gimnasio que aquel que llega con un paisaje interno
de confianza y curiosidad. Ante idéntico ejercicio físico, el primero percibirá
amenazas donde el segundo ve oportunidades. El docente que ignora esta dimensión
interna está, literalmente, trabajando con la mitad del ser humano que tiene
delante. Aplicar esta mirada al campo concreto de la educación física y el
deporte transforma radicalmente la concepción de la disciplina: ya no se trata
de entrenar un cuerpo para que rinda, sino de acompañar a un ser humano que se
mueve, siente, recuerda, proyecta y reflexiona sobre lo actuado en un proceso
que se retroalimenta y construye, sobre un equilibrio inestable, nuestro
desarrollo y transformación. El cuerpo deja de ser un objeto de entrenamiento
para convertirse en el vehículo privilegiado de la intencionalidad humana cuyo
objeto es la humanización creciente. El primer desplazamiento que esta
perspectiva exige es el abandono del modelo del cuerpo-máquina: ese paradigma
pedagógico que reduce al alumno a un conjunto de capacidades físicas medibles y
corregibles. Desde la antropología del Humanismo Universalista, el movimiento
humano no es un reflejo mecánico ni una respuesta programada: es una forma de
lanzarse al mundo. Un salto no es solo desplazamiento físico; es la intención de
superar un obstáculo. Un pase no es solo transferencia de un balón; es un acto
de reconocimiento del otro. La acción educativa en el deporte y la actividad
física solo es plenamente válida —en el sentido que Silo da a la acción asociada
a este término: acción válida es aquella que da unidad o coherencia, produce una
mejora en quien la realiza y se quiere repetir— cuando logra integrar lo que se
hace con lo que se siente y se piensa, unificando los tres paisajes: cuando nace
de un paisaje interno del alumno que ha sido reconocido y acompañado; cuando se
dirige a transformar positivamente el paisaje externo; y cuando considera el
paisaje humano, reconociendo en compañeros y rivales no objetos de comparación
sino seres humanos con intenciones propias. Una clase de educación física que
opera solo en el plano del paisaje externo —corrige el gesto, mide el
rendimiento, aplica el reglamento— está gestionando apenas la superficie de lo
que ocurre en ese espacio. Una pedagogía del movimiento a la altura de los
planteamientos de Cagigal, Aguilar, Bize y Silo debe trabajar los tres paisajes
de manera consciente e integrada, convirtiendo la cancha o el gimnasio en un
espacio humanizador, de autoconocimiento, transformación y encuentro genuino con
el otro. Finalmente, el paisaje humano introduce en la pedagogía deportiva lo
que quizás sea el aporte más disruptivo de esta perspectiva: la concepción del
triunfo y la derrota desde una mirada no violenta. Si el éxito se mide
únicamente por la victoria sobre el otro, la cancha se convierte en un espacio
de dominación y humillación. Si en cambio el éxito se entiende como adaptación
creciente del grupo, el deporte se convierte en un ensayo de vida social no
violenta donde se aprende a reconocer la intención del compañero y a respetar la
del rival. Esta comprensión, que Cagigal intuía cuando hablaba del respeto al
adversario como condición del verdadero espíritu deportivo, encuentra en la
teoría del paisaje humano de Silo su fundamentación filosófica más rigurosa. La
conclusión pedagógica que se desprende de todo este recorrido puede formularse
con sencillez, aunque su aplicación sea exigente: la educación física no busca
fabricar atletas ni optimizar rendimientos. Busca formar seres humanos completos
que descubran en el movimiento una herramienta de transformación de sí mismos y
del mundo que habitan.
3. Intencionalidad y deporte: del gesto técnico al acto significativo El
concepto de intencionalidad es el eje vertebrador del libro de Aguilar y Bize, y
conviene comenzar por una aclaración que los propios autores consideran
imprescindible: cuando hablan de intencionalidad no se refieren a la acepción
coloquial del término, es decir, a la cualidad de voluntad o propósito
consciente que el lenguaje ordinario le atribuye. Se refieren a algo más preciso
y más profundo: la propiedad estructural de la conciencia de dirigirse siempre
hacia algo, de no poder operar nunca en el vacío. Esta distinción no es un
tecnicismo filosófico: tiene consecuencias pedagógicas directas, porque implica
que todo acto de aprender —también el aprendizaje motor y deportivo— es
constitutivamente intencional, está orientado desde dentro, y no puede ser
reducido a una mera recepción pasiva de estímulos externos. La genealogía
filosófica que los autores trazan es la que va de Brentano a Husserl y de
Husserl a Scheler, y cada eslabón aporta algo específicamente valioso para una
pedagogía del movimiento. Franz Brentano introduce el concepto en la filosofía
moderna al definir la intencionalidad como la propiedad distintiva de los
fenómenos psíquicos frente a los físicos: la conciencia y su objeto son
correlatos que se requieren mutuamente; no hay conciencia sin objeto, ni objeto
conocido sin una conciencia que lo constituya como tal. Edmund Husserl
profundiza esta idea con su reducción fenomenológica: el yo “se dirige
intencionalmente” hacia aquello que él mismo ha constituido como objeto de
conocimiento, lo que convierte al sujeto en constructor activo de su relación
con el mundo, y no en receptor pasivo de una realidad que le viene dada. Pero es
Max Scheler quien introduce el aporte que más directamente interpela a la
educación física y el deporte: la intencionalidad no es solo propiedad de la
razón y del conocimiento intelectual, sino también de las emociones. Para
Scheler, hay un cosmos de valores al que solo se accede por la intuición
emocional; la razón, dice, es ciega para el valor. Esto significa que cuando un
deportista siente el gozo de una acción bien ejecutada, la satisfacción de
superar un límite propio o el respeto genuino por el adversario, no está
experimentando epifenómenos del rendimiento: está ejerciendo una forma
específica de intencionalidad, orientada hacia valores que la lógica del
resultado nunca podrá capturar. Cagigal no usa este vocabulario fenomenológico,
pero su reflexión sobre el deporte conduce exactamente al mismo problema. El
gran debate que recorre toda su obra es la distinción entre el deporte como
práctica y el deporte como espectáculo. En el primero, el sujeto es el propio
practicante: su cuerpo, su esfuerzo, su superación, su gozo. En el segundo, el
sujeto es el espectador: el deportista se convierte en objeto de contemplación,
en mercancía simbólica. La diferencia entre ambas formas no es solo sociológica:
es fenomenológica. En el deporte vivido desde dentro, la conciencia está
plenamente comprometida con la acción; en el deporte convertido en espectáculo,
la intencionalidad del practicante es paulatinamente colonizada por miradas
externas hasta que ya no sabe si juega para sí mismo o para la tribuna. Aguilar
y Bize, apoyándose en la Psicología de la Imagen desarrollada por Silo, añaden
una precisión que permite entender con mayor profundidad por qué esa
colonización es tan devastadora pedagógicamente. Para esta corriente, la
estructura más elemental de la conciencia es la relación acto-objeto, pero dicha
relación no es mecánica: es la intencionalidad la que le otorga carácter de
estructura, la que convierte un simple estímulo-respuesta en un acto
genuinamente humano. Y en ese acto, la imagen juega un papel central: no como
mera copia de la realidad externa, sino como representación activa,
multisensorial, que incluye lo visual, lo táctil, lo auditivo, lo cenestésico y
lo kinestésico, y que la conciencia elabora y reinterpreta continuamente. Esto
tiene una consecuencia directa para la comprensión del gesto técnico deportivo:
aprender a ejecutar una volea, a controlar el salto, a coordinar el propio
cuerpo en el espacio no es grabar un programa motor que luego se reproduce
mecánicamente. Es construir una imagen activa e intencional —con toda su carga
emotiva, sensorial y significativa— que la conciencia incorpora como parte de su
propia estructura. El aprendizaje motor, en este marco, es siempre un acto
intencional de la conciencia, donde la imagen guía la acción humana y juega un
papel de reinterpretación de la realidad que ningún modelo conductista puede
explicar. El aprendizaje queda en un campo muy alejado del mecanicismo y
conductismo propio de la pedagogía tradicional, ya que se otorga especial
importancia a la intencionalidad como elemento motor de lo que se aprende.
(Aguilar y Bize, 2010) Esta convergencia tiene consecuencias pedagógicas
inmediatas. Aguilar y Bize son explícitos al afirmar que la intencionalidad es
el elemento motor de lo que se aprende: esa intención resulta clave en la
construcción interna que implica toda adquisición de nuevos saberes y
experiencias. El docente que solo enseña a ejecutar gestos técnicos —sin activar
la intencionalidad del estudiante, sin conectar el aprendizaje con su historia
corporal y sus proyectos— está formando ejecutantes, no seres humanos completos.
Cagigal lo llamaba falta de humanismo; Aguilar y Bize lo llamarían enseñar desde
la pasividad de la conciencia, cosificación o deshumanización. Y la teoría del
paisaje que hemos desarrollado en el punto anterior añade una precisión
fundamental: la intencionalidad del alumno no se activa en el vacío, sino desde
un paisaje interno concreto, con su historia, sus miedos y sus expectativas. El
educador que ignora ese paisaje difícilmente podrá despertar una intención
auténtica, porque estará trabajando, como dijimos, con la mitad del ser humano
que tiene delante. 4. Habilitar o instruir: el núcleo de la diferencia
pedagógica Uno de los momentos más clarificadores de Pedagogía de la
intencionalidad es el que contrapone dos conceptos cuya diferencia define, en
última instancia, dos concepciones radicalmente distintas de la educación:
instruir y habilitar. La instrucción, en el modelo educativo dominante, consiste
en transmitir productos culturales ya elaborados —datos, técnicas,
procedimientos— que el estudiante debe recibir, memorizar y reproducir. La
habilitación, en cambio, apunta a algo cualitativamente distinto: activar lo que
los autores llaman los “órganos de apropiación” del ser humano, es decir, las
capacidades mediante las cuales cada persona se apropia activa y creativamente
del mundo: la capacidad de aprender, de investigar, de transformar, de
reflexionar y de proyectarse hacia el futuro. La diferencia no es de grado sino
de naturaleza: instruir produce depositarios de contenidos; habilitar produce
constructores de conocimiento. La noción de “órganos de apropiación” merece
detenerse un momento, porque no es una metáfora: es una descripción funcional de
cómo opera el psiquismo cuando el aprendizaje es genuino. Aguilar y Bize,
apoyándose en la psicología del Nuevo Humanismo y en los aportes de la
neurociencia contemporánea, sostienen que el ser humano no aprende por
acumulación sino por integración del dato más la experiencia en un proceso que
se retroalimenta: cada nuevo conocimiento o habilidad se incorpora modificando
la estructura preexistente del psiquismo, enriqueciéndola y ampliando desde ella
la capacidad de seguir aprendiendo. Cuando esos órganos de apropiación están
activos —cuando el estudiante tiene una pregunta genuina, cuando la
intencionalidad está despierta, cuando hay un vínculo entre lo que se aprende y
la experiencia vivida—, el aprendizaje deja huellas profundas y duraderas.
Cuando están dormidos —porque nadie se ha preocupado de activarlos, o porque el
miedo y la pasividad los han bloqueado—, la instrucción más brillante resbala
sobre una conciencia que no la incorpora. Esta distinción resuena con fuerza en
el debate que Cagigal sostiene a lo largo de toda su obra sobre el lugar del
deporte en la educación. Para él, el deporte mal entendido puede ser pura
instrucción: se enseña a nadar, a golpear una pelota, a saltar con pértiga. Pero
el deporte bien entendido es “habilitación”, de acuerdo al contexto histórico y
social que le tocó vivir: desarrolla la voluntad, la capacidad de sobreponerse a
la derrota, la solidaridad con los compañeros, la conciencia del propio cuerpo y
sus límites. La diferencia no está en la actividad: está en la intención
pedagógica con que se la aborda. Cagigal lo formuló con una precisión que no ha
perdido un gramo de vigencia: el deporte puede ser “formación del hombre entero”
o puede ser adiestramiento de una fracción de él. Todo depende de si el educador
tiene a la vista al ser humano completo o solo a la habilidad que quiere
instalar en él. La coincidencia es profunda porque ambos textos están criticando
la misma deformación, aunque la observen desde ángulos distintos. En el caso de
Cagigal, es la deformación del deporte educativo por el modelo del deporte de
rendimiento: se entrena para ganar, no para formarse; el resultado aplasta al
proceso, y el deportista queda reducido a un instrumento del resultado. En el
caso de Aguilar y Bize, es la deformación de la educación por el modelo
económico-productivista: se aprende para rendir en exámenes estandarizados,
acumular créditos y obtener certificaciones que el mercado laboral demanda, no
para crecer como ser humano. En los dos casos, el patrón es el mismo: la forma
domina sobre el fondo, el resultado sobre el proceso, la cantidad sobre la
calidad. Y en los dos casos, la víctima es la misma: el sujeto que aprende, cuya
intencionalidad ha sido colonizada por lógicas que no son las suyas. Pensemos en
un caso concreto que ilustra esta deformación en el campo de la educación física
universitaria. Un programa de natación puede diseñarse de dos maneras. En la
primera, el objetivo es que el estudiante alcance un determinado estilo y
velocidad en un tiempo prescrito: se evalúa el rendimiento técnico, se corrige
el error, se califica el resultado. El estudiante aprende, quizás, a nadar de
una cierta manera; pero no necesariamente ha desarrollado ningún órgano de
apropiación: no se ha preguntado nada, no ha investigado nada, no ha conectado
esa experiencia con su historia corporal ni con ningún proyecto propio. En la
segunda manera de diseñar ese mismo programa, el docente o entrenador crea
condiciones para que el estudiante o deportista descubra su propio cuerpo en el
agua, comprenda por qué ciertos movimientos son más eficientes que otros,
vincule esa exploración con su propósito o aspiración de superar los propios
límites y con su capacidad de aprender cualquier cosa nueva desde la
corporalidad. El primero produce nadadores de un cierto nivel; el segundo, y
esto es lo que tanto Cagigal como Aguilar y Bize reivindican, produce personas
que han aprendido a aprender desde el cuerpo, desde la acción en acuerdo con su
sentimiento y mente: que han activado ese circuito de adaptación creciente que,
como vimos en el primer punto, no tiene techo prefijado. Lo que ambas propuestas
comparten, en definitiva, es la convicción de que habilitar es el único modelo
educativo coherente con lo que el ser humano es en su condición más profunda: no
una entidad con una esencia fija que la educación debería respetar o desarrollar
según un molde previo, sino un ser histórico-social en apertura permanente, cuya
conciencia intencional transforma el mundo y se transforma a sí misma en ese
mismo acto. Desde esta perspectiva, una pedagogía que trate al estudiante como
receptor pasivo no es solo ineficaz: es una negación activa de esa condición,
una forma de clausurar lo que en el ser humano es esencialmente abierto y
creador de sentido hacia el futuro. Y si el deporte y la actividad física tienen
una potencia humanizadora genuina, esa potencia solo se activa cuando el docente
los concibe como espacio de habilitación y no de instrucción: cuando lo que está
en juego no es la técnica que el estudiante incorpora, sino la persona que está
construyendo su propio futuro mientras la incorpora.
5. La emoción como dimensión irrenunciable del aprendizaje Uno de los aportes
más ricos de Pedagogía de la intencionalidad para quienes trabajamos en el
deporte y la actividad física es su tratamiento de la emoción no como
acompañante del aprendizaje sino como uno de sus componentes estructurales. La
afirmación central es precisa: no hay imagen en el espacio de representación que
no vaya acompañada de un tono emotivo. Todo lo que se aprende se graba en la
memoria con una coloración afectiva que influirá decisivamente en cómo ese
aprendizaje se activa —o se bloquea— en el futuro. Esta tesis, que los autores
sustentan en la convergencia entre la psicología de los centros de respuesta
desarrollada por Silo y los aportes de la neurociencia contemporánea, tiene
consecuencias pedagógicas que van mucho más allá de la recomendación de “crear
un buen clima en el aula”. Como desarrollamos en el punto 2, para Silo el
psiquismo opera a través de cuatro centros de respuesta —vegetativo, motriz,
emocional e intelectual— que no funcionan de manera aislada sino en mutua
influencia, de modo que toda experiencia significativa deja huella simultánea en
varios de ellos a la vez. Los hallazgos de Damasio sobre los marcadores
somáticos confirman, desde la neurociencia, que esa integración no es una
metáfora: el cuerpo y la emoción son condiciones de posibilidad del pensamiento,
no sus acompañantes secundarios. Lo que el libro de Aguilar y Bize añade es la
dimensión pedagógica de esta tesis: si el aprendizaje es siempre multicentral y
emocionalmente teñido, entonces el docente que solo trabaja con el centro
intelectual —o solo con el motriz, en el caso de la educación física— está
operando con una fracción del psiquismo disponible. El ejemplo que los propios
autores proponen resulta especialmente iluminador en un contexto deportivo: un
joven que en clases anteriores de educación física fue objeto de burlas por sus
compañeros al ejecutar un movimiento torpe, no solo habrá registrado el error
técnico en su memoria, sino también la vergüenza, la humillación y el miedo
asociados a ese momento. Cuando se le pida que ejecute ese mismo movimiento en
el futuro, la imagen archivada —con toda su carga emotiva— interferirá en su
rendimiento de manera que ninguna corrección técnica podrá resolver si no se
aborda también esa dimensión emotiva. No es falta de habilidad: es un paisaje
interno que bloquea o distorsiona la intencionalidad antes de que el gesto se
inicie. El docente que solo ve el error técnico está, literalmente, mirando la
superficie de un fenómeno cuyas raíces son más profundas. Cagigal no disponía de
este vocabulario neurocientífico, pero su insistencia en que el deporte debe ser
una experiencia gozosa, libre de humillaciones y de presiones desmedidas, apunta
exactamente a preservar ese espacio emotivo como condición del aprendizaje
auténtico. Su defensa del juego libre, del deporte amateur vivido con alegría,
no era solo una postura romántica frente al profesionalismo: era una intuición
pedagógica de fondo, hoy respaldada por la investigación sobre la motivación
intrínseca y el papel de las emociones positivas en la consolidación de la
memoria motriz. Su crítica al entrenador autoritario, al profesor de educación
física que solo valora el rendimiento y desestima al alumno menos dotado, no es
solo una crítica moral: es una crítica al modelo de instrucción que cierra los
órganos de apropiación justo cuando deberían estar abriéndose. Aguilar y Bize
dan un paso más al distinguir entre atención tensa y atención distensa en el
proceso de aprendizaje, y es importante precisar qué entienden por cada una. La
atención tensa es la que se autoimpone internamente o se impone desde afuera:
por obligación, por miedo al castigo o al fracaso, por la presión de la
evaluación o por el temor al ridículo ante los compañeros. Genera un estado de
crispación que contrae el psiquismo y en realidad inhibe el aprendizaje
profundo, porque la energía disponible se desvía hacia la gestión de la amenaza
y no hacia la incorporación de lo nuevo. La atención distensa, en cambio, se
incorpora como actitud a lo largo de la vida y surge del interés genuino: de la
motivación intrínseca, de la curiosidad y del gozo por la actividad misma como
registro de acción válida o coherente. En ese estado, el psiquismo se abre, los
centros de respuesta se integran y el aprendizaje puede dejar las huellas
profundas y duraderas que caracterizan a la verdadera habilitación. Para la
educación física y el deporte, esta distinción no es abstracta: el alumno que
corre porque le da miedo ser el último termina asociando el movimiento con el
sufrimiento y construyendo un paisaje interno que lo alejará de la actividad
física para el resto de su vida; el alumno que corre porque descubrió el placer
de moverse construye un vínculo que ninguna prescripción médica futura tendrá
que imponerle. Esta dimensión emotiva del aprendizaje adquiere una relevancia
específica cuando se piensa en la relación con el otro dentro de la práctica
deportiva, que es precisamente lo que el siguiente punto abordará. Si la emoción
es impulsora y estructural en todo aprendizaje, entonces la manera en que
vivimos emocionalmente la presencia del adversario, del compañero, del
entrenador y del resto de actores involucrados no es un dato secundario: es
parte de lo que se aprende cuando se aprende deporte. Y eso abre una pregunta
que ninguna pedagogía del movimiento puede eludir: ¿qué emociones estamos
cultivando cuando organizamos la práctica deportiva en torno a la victoria sobre
el otro? 6. Deporte, violencia y no violencia: una tensión constitutiva Uno de
los temas más delicados que atraviesa el diálogo entre ambas obras es el de la
violencia, y es también donde la diferencia de énfasis entre los dos textos se
hace más visible y más productiva. Vale la pena sostener esa tensión antes de
buscar la convergencia, porque el desacuerdo, en este caso, ilumina algo
importante. Cagigal parte de una distinción que considera fundamental: la
diferencia entre agresividad y violencia. La agresividad, para él, no es un
defecto del ser humano sino una de sus dimensiones constitutivas, una energía
que en el contexto deportivo puede ser orientada, canalizada y sublimada en
búsqueda de excelencia. El agon griego —la competencia noble, el enfrentamiento
entre iguales que se miden para descubrir sus propios límites— no es una
manifestación de violencia sino su opuesto: es la forma civilizada de gestionar
el impulso de confrontación. El deporte, en esta lectura, es un logro cultural
extraordinario precisamente porque transforma la agresividad en juego reglado,
en medida, en respeto. El adversario no es un enemigo a destruir sino un
interlocutor necesario, sin cuya presencia y cuya resistencia no sería posible
la propia superación. Aguilar y Bize —y ya el propio Aguilar en textos
anteriores al libro que estamos considerando— parten de un horizonte filosófico
más amplio y van más lejos. Importa precisar, ante todo, que la violencia de la
que habla el Humanismo Universalista no se reduce a su expresión física, sino
que distingue múltiples formas de violencia que operan muchas veces de manera
más eficaz y duradera que la agresión corporal: la violencia económica, que
priva a las personas de condiciones materiales dignas; la violencia racial y
xenófoba, que niega la humanidad del otro en razón de su origen; la violencia
sexual y de género, que subordina y cosifica; la violencia religiosa y moral,
que impone creencias y valores bajo amenaza de exclusión o condena; y la
violencia psicológica, que actúa sobre la conciencia del otro sembrando miedo,
culpa o vergüenza. En el deporte, como en cualquier otra institución social,
todas estas formas de violencia están presentes y son, a menudo, más invisibles
y más toleradas que el golpe físico, que suele ser el último recurso cuando los
otros tipos de violencia puestos en práctica no dan el resultado buscado por el
violento o los violentos. Insultos racistas en la cancha, presión psicológica
sobre el rendimiento, exclusión de las mujeres de ciertos espacios deportivos,
humillación del menos hábil: todo eso es violencia, aunque no deje marcas
visibles en el cuerpo. Desde esta perspectiva más amplia, el Humanismo
Universalista o Nuevo Humanismo propone que el ser humano se encuentra en un
momento de inflexión histórica: está desarrollando la capacidad de rechazar la
violencia en todas sus formas, no solo intelectual o moralmente, para
convertirse en un rechazo de orden fisiológico o visceral: una transformación
real de la especie. Esta perspectiva puede parecer utópica, pero su aplicación
pedagógica inmediata es concreta: la educación debe cultivar activamente una
cultura de la no violencia, que en la práctica implica el respeto mutuo, la
eliminación del maltrato en todas sus formas y la sustitución de la competencia
como valor central por la cooperación y la solidaridad. Ese rechazo, cuando se
profundiza, constituye una respuesta nueva que va transformando la estructura
perceptiva y la conducta emocional ante el sufrimiento ajeno. Esta tesis se
fundamenta en la lectura histórica que el Humanismo Universalista hace del
proceso de humanización: si el ser humano es, como vimos en el primer punto, el
ser de la conciencia activa y la adaptación creciente —aquel que se transforma
al transformar su mundo, ampliando en espiral su libertad—, entonces la
superación de la violencia no es una ilusión sino una dirección inscrita en la
dinámica de ese proceso. La educación es, desde esta perspectiva, uno de los
principales aceleradores o frenos de ese desarrollo. Una pedagogía que cultiva
la empatía, la no discriminación, el reconocimiento del otro como ser
intencional y la resolución no violenta de los conflictos no está imponiendo
valores externos al ser humano: está favoreciendo una tendencia que ya está
activa en su desarrollo histórico y que la educación tiene la responsabilidad de
cultivar. Si recuperamos el hilo del punto anterior —donde establecimos que todo
lo que se aprende en el deporte se graba emocionalmente y deja huellas
duraderas—, la pregunta pedagógica se vuelve más urgente: ¿qué aprende
emocionalmente un joven cuando durante años su experiencia deportiva está
organizada en torno a la derrota o la humillación del adversario? ¿Qué paisaje
interno se construye cuando la violencia psicológica es parte del juego
aceptado, cuando el insulto racial se tolera como un gesto de competitividad,
cuando la exclusión de género se naturaliza como tradición? La canalización
constructiva de la agresividad que Cagigal defiende es posible y valiosa, pero
requiere condiciones pedagógicas e institucionales muy cuidadosas, y la realidad
del deporte —que ambos autores conocen y critican— muestra que sin ese marco, la
violencia en todas sus formas tiende a imponerse. Desde el marco de los tres
paisajes, la propuesta de Aguilar y Bize se vuelve operativa: trabajar
conscientemente el paisaje humano en cada sesión significa que el rival y el
compañero no son instrumentos del propio rendimiento, sino seres intencionales
cuyo reconocimiento —en toda su diversidad de género, origen, creencias,
cultura, habilidad o condición— es requisito y fundamento de una práctica
verdaderamente humanizadora. Competir reconociendo lo humano en el adversario,
desde la conciencia de que su esfuerzo hace posible el propio crecimiento como
cooperador necesario, es una experiencia radicalmente distinta a competir desde
el deseo de dominación. Y esa diferencia no es solo ética: es pedagógica, porque
lo que se aprende emocionalmente en uno y otro caso deja huellas opuestas en el
paisaje interno del estudiante. Podríamos sintetizar que, igual que la violencia
se aprende, también se aprende la no violencia. Este debate no es abstracto. La
Universidad de La Laguna (en adelante ULL), a través de su Servicio de Deportes,
ha desarrollado desde 2012 una normativa propia de juego limpio en sus
competiciones internas que traduce exactamente estos principios en reglas
concretas (Rojas Hernández, 2015). Partiendo del diagnóstico de que el énfasis
excesivo en el resultado estaba generando comportamientos violentos y
antideportivos, la ULL estableció un modelo de reglamento en el que la conducta
respetuosa o juego limpio tiene valor en el marcador: en fútbol 7, por ejemplo,
un equipo sin tarjeta roja y sin tarjetas amarillas obtiene puntos adicionales
por juego limpio, de modo que el resultado deportivo y el comportamiento quedan
vinculados desde el inicio. La normativa ha evolucionado de manera dinámica a lo
largo de sucesivos cursos: cuando se comprobó que en las fases eliminatorias
volvían los comportamientos agresivos, se introdujo un mecanismo en el que una
tarjeta roja supone la adición automática de un gol al marcador del equipo
perjudicado, conectando así la conducta directamente con el resultado (Rojas
Hernández, 2025). Más significativa aún es la creación de la tarjeta violeta,
herramienta que va más allá de la violencia física para abordar las formas de
violencia que el Humanismo Universalista pone en primer plano: actitudes
xenófobas, racistas o discriminatorias por razón de género pueden llegar a
suponer hasta dos goles adicionales para el equipo discriminado. La introducción
de modalidades deportivas mixtas en la mayoría de estas competiciones deportivas
internas completa el cuadro: la práctica compartida entre hombres y mujeres no
solo responde a criterios de inclusión, sino a la convicción de que ese
encuentro en el terreno de juego transforma el paisaje humano de quienes lo
viven desde esa mirada cooperativa y de complementación entre géneros. Lo que la
experiencia de la Universidad de La Laguna muestra, y lo que el diálogo entre
Cagigal y Aguilar/Bize ilumina desde la teoría, es que el deporte universitario
tiene una oportunidad pedagógica que no puede desperdiciar: convertir la
práctica deportiva en un laboratorio de convivencia y bienestar donde la no
violencia —en todas sus formas, no solo la física— y la no discriminación se
aprenden como se aprende a nadar o a pasar un balón: haciendo, repitiendo,
construyendo, re-creando y disfrutando un hábito que deja huella simultánea en
el cuerpo, en la emoción y en la conciencia. 7. La dialéctica generacional y el
deporte como espacio de encuentro Otro punto de convergencia entre las dos
obras, quizás menos evidente pero igualmente fértil, es la importancia que ambas
conceden a la relación entre generaciones en el proceso educativo. Cagigal vio
en el deporte —especialmente en sus manifestaciones populares y juveniles— una
extraordinaria capacidad para crear vínculos transgeneracionales. El entrenador
que acompaña al joven deportista, el veterano que transmite al principiante no
solo técnica sino también actitudes y valores: esta cadena de transmisión es
para Cagigal una de las dimensiones más ricas del deporte como fenómeno
cultural. Lo que le interesa no es solo el resultado de esa transmisión —las
destrezas adquiridas, los récords superados— sino el proceso mismo: el encuentro
entre quien ya ha recorrido un camino y quien está comenzándolo, la posibilidad
de que ese encuentro genere algo que ninguno de los dos podría producir en
solitario. Aguilar y Bize desarrollan este tema desde una perspectiva teórica
más elaborada, recuperando los aportes de Ortega y Gasset sobre la teoría de las
generaciones. Conviene detenerse un momento en lo que Ortega propone, porque su
lectura no es meramente sociológica sino existencial. Para Ortega, una
generación no es simplemente un grupo de personas que nacieron en fechas
cercanas: es un conjunto de coetáneos que comparten una misma “sensibilidad
vital”, es decir, una manera de percibir el mundo, de valorarlo y de proyectarse
hacia el futuro que es irreductible a la de las generaciones anteriores y
posteriores. Esta sensibilidad no se elige: se recibe con la época, se forma en
el cruce entre la herencia cultural y la experiencia histórica concreta que a
cada generación le toca vivir. Lo decisivo, sin embargo, es que esa sensibilidad
no opera en el vacío: opera siempre en diálogo —y a menudo en tensión u
oposición— con la sensibilidad de quienes la preceden. Los “contemporáneos”,
dice Ortega, no son necesariamente “coetáneos”: en todo momento histórico
conviven generaciones distintas, con sus distintas formas de estar en el mundo,
y esa convivencia es constitutivamente conflictiva y constitutivamente fecunda.
Aguilar y Bize recogen esta idea y la releen desde el Humanismo Universalista
para subrayar algo que Ortega deja implícito: la dialéctica generacional no es
solo un fenómeno que ocurre en la sociedad, sino el motor mismo del progreso
histórico entendido como adaptación creciente. Cada generación hereda el
patrimonio simbólico, técnico y valorativo de las anteriores como punto de
partida —no de llegada— y tiene la responsabilidad de enriquecerlo antes de
transmitirlo a la siguiente. Lo que una generación conquista, la siguiente lo
hereda como piso desde el que construir más alto. Y lo que una generación no
resuelve —las formas de violencia que perpetúa, los bloqueos que no logra
superar, los paisajes internos que transmite sin revisarlos— la siguiente
generación lo recibe también, muchas veces sin saberlo. La institución
educativa, en este marco, no debería ser un dispositivo de conservación del
pasado, sino lo que los autores chilenos llaman una “incubadora del tiempo
social futuro”: un espacio donde la tensión entre lo heredado y lo nuevo se
procese de manera consciente, productiva y no violenta. En el deporte escolar y
universitario, esta dialéctica tiene una concreción especialmente vívida y una
oportunidad pedagógica que con frecuencia se desaprovecha. Pensemos en lo que
ocurre cuando un estudiante de primer año llega a un equipo universitario con
una manera de entender el deporte formada por años de competición juvenil: una
sensibilidad construida en torno al rendimiento, la clasificación y la identidad
de grupo que puede incluir, como vimos en el punto anterior, formas de violencia
normalizadas —el insulto al árbitro, la presión sobre el compañero menos dotado,
la exclusión de quien no encaja en el molde del “deportista serio”. Frente a ese
paisaje interno llega la figura del docente o entrenador universitario, portador
de una tradición diferente pero también, inevitablemente, de sus propios
bloqueos y sus propias sensibilidades. La pregunta pedagógica no es cómo el
mayor “corrige” al joven, ni cómo el joven “renueva” lo que el mayor ha
construido: es cómo se crea el espacio para que esa tensión sea productiva, para
que la experiencia acumulada y la energía renovadora se encuentren sin que
ninguna de las dos aplaste a la otra, en consecuencia, cómo armonizar las
diferencias. Esta pregunta conecta directamente con el hilo que recorre todo el
artículo. El docente que trabaja con los tres paisajes tiene más recursos para
gestionar esta dialéctica, porque es capaz de reconocer en cada generación no
solo un conjunto de capacidades físicas y técnicas sino un paisaje humano
propio, con sus referentes, sus expectativas y sus formas específicas de
entender el cuerpo, el juego y la relación con el otro. El paisaje interno del
estudiante no es un accidente biográfico: es, en parte, el sedimento de lo que
las generaciones anteriores le han transmitido, con todo su potencial y con
todas sus limitaciones. Y el paisaje externo —el reglamento, la institución, la
cultura deportiva del contexto— no es un telón de fondo neutro: es el resultado
visible de las decisiones que generaciones anteriores tomaron sobre qué valores
merecía la pena institucionalizar o ignorar. Reconocer esto no es solo una
operación intelectual: es una forma de responsabilidad pedagógica, porque
implica asumir que lo que hagamos hoy en la cancha y en el aula se convertirá en
el piso desde el que la siguiente generación empiece a construir. 8.
Convergencias y tensiones: una lectura crítica La dialéctica generacional con la
que cerramos el punto anterior nos sitúa, de hecho, en el umbral de una pregunta
que el propio diálogo entre ambas obras exige hacerse: ¿en qué medida Cagigal y
Aguilar/Bize, que tanto comparten, están también hablando desde horizontes
distintos? El recorrido trazado a lo largo de estas páginas no sería honesto si
no señalara también algunas diferencias de énfasis que conviene examinar con la
misma atención con que hemos buscado las convergencias. La primera diferencia
notable es la de escala temporal. Cagigal escribe desde una urgencia muy
concreta: el deporte de masas está creciendo de manera exponencial en los años
60, la educación física está buscando su lugar en la universidad, y la reflexión
humanista sobre el deporte es necesaria aquí y ahora para orientar decisiones
institucionales y pedagógicas inmediatas. Su libro es, en buena medida, un
manifiesto para educadores físicos y responsables deportivos de su tiempo.
Aguilar y Bize tienen una ambición más amplia y a más largo plazo. Su propuesta
se inscribe en una transformación cultural profunda: el tránsito de lo que
llaman "prehistoria humana" a una verdadera historia humana, entendida como una
época en que los seres humanos asuman plenamente su condición de constructores
conscientes de realidad desde la no discriminación y la no violencia activas.
Esta perspectiva es inspiradora, pero puede resultar demasiado abstracta para el
docente que necesita orientaciones concretas para su clase del próximo lunes.
Con todo, el libro ofrece pautas y fundamentos suficientes para que quien lo
desee pueda iniciar ese cambio de manera progresiva, desde ese mismo lunes. Esta
diferencia de escala no invalida el diálogo: lo enriquece. Cagigal aporta la
urgencia práctica y el conocimiento profundo del fenómeno deportivo concreto;
Aguilar y Bize aportan los fundamentos filosóficos y psicológicos que permiten
pensar ese fenómeno con mayor profundidad, apoyándose además en la experiencia
docente acumulada que les permite proponer este cambio pedagógico con
coherencia: la comprensión genuina, como señalamos en puntos anteriores, resulta
de integrar el dato y la experiencia en un proceso continuo de aprendizaje y
reflexión retroalimentándose en espiral. Juntos, los dos textos ofrecen un
horizonte pedagógico al mismo tiempo comprometido con la práctica y anclado en
una reflexión seria sobre el ser humano y como superar el proceso de
deshumanización creciente. La segunda diferencia atañe al papel del cuerpo. En
Cagigal, el cuerpo es absolutamente central: la corporalidad y su respuesta
motriz es el punto de partida irreductible de toda reflexión sobre el deporte y
la educación física. En Pedagogía de la intencionalidad, el cuerpo aparece como
una dimensión importante —y su presencia se expresa en el concepto de "tono
corporal" asociado a la imagen y la emoción, así como en la teoría de los tres
paisajes—, pero el énfasis principal recae en la conciencia y sus operaciones,
con el cuerpo como soporte o instrumento privilegiado de la intención. Esto no
es una contradicción insalvable, pero sí una diferencia de acento que conviene
señalar: una pedagogía del deporte inspirada en Aguilar y Bize necesitará
desarrollar con más detalle la dimensión específicamente motriz y corporal que
el libro, por su carácter generalista, no alcanza a profundizar. Es el educador
físico y el entrenador deportivo quienes deben darles contenido específico a
partir de su conocimiento del movimiento humano y de la concepción de ser humano
de la que parte. Consideraciones finales Al final de este recorrido, lo que
queda no es una síntesis cómoda sino una exigencia. José María Cagigal y Mario
Aguilar con Rebeca Bize nos dicen, desde tradiciones y momentos históricos
diferentes, que la educación —también la educación a través del deporte y el
movimiento— solo merece ese nombre cuando coloca al ser humano concreto, con su
conciencia activa, su corporalidad, su historia y su capacidad de intencionar,
en el centro absoluto de toda práctica pedagógica. Para quienes trabajamos en la
educación escolar y universitaria vinculada al deporte y la actividad física,
este diálogo tiene consecuencias directas. La docencia en ciencias del deporte y
educación física no puede reducirse a la transmisión de técnicas y contenidos:
debe crear experiencias que activen la intencionalidad del estudiante, que
vinculen el aprendizaje técnico con la reflexión sobre el sentido de la práctica
y con la vivencia positiva del propio cuerpo. Debe también capacitar para
interpretar la evolución social e histórica y responder a ella con criterio, sin
perder de vista los fundamentos humanistas que humildemente hemos tratado de
describir y desarrollar a lo largo de este ensayo y que podríamos resumir en los
seis elementos que constituyen la actitud humanista según Silo, base del Nuevo
Humanismo Universalista, que se define por una sensibilidad y acción no violenta
contra la discriminación y se compone de 6 puntos fundamentales: 1. Ser humano
como valor central: La valoración de la persona por encima del dinero, el estado
o la religión. 2. Igualdad de las personas: Afirmación de que todos los seres
humanos son iguales, sin distinción de raza, clase o cultura. 3. Reconocimiento
de la diversidad: Valoración de la diversidad cultural y personal, oponiéndose a
la uniformidad. 4. Desarrollo del conocimiento: Fomento del saber y la
investigación, rechazando los dogmas y verdades absolutas. 5. Libertad de ideas
y creencias: Defensa de la libertad de expresión, pensamiento y elección. 6.
Repudio de la violencia: Compromiso con la no violencia activa no solo física,
sino económica, racial y religiosa. La evaluación, en el mismo sentido, no puede
medirse solo en parámetros de rendimiento físico o de acumulación de contenidos:
debe valorar también el proceso de construcción del propio proyecto deportivo y
de vida, reconociendo que la adaptación creciente no se mide en marcas ni en
trofeos sino en la ampliación real de la libertad y las capacidades de cada
estudiante. El ambiente relacional en el espacio de aprendizaje —la cancha, el
gimnasio, el laboratorio de movimiento— importa tanto como el contenido de la
sesión: un clima de respeto, gozo y confianza no es un lujo afectivo sino una
condición fisiológica y psicológica del aprendizaje auténtico. Trabajar con los
tres paisajes —externo, interno y humano— no es un complemento opcional de la
docencia: es la condición para que la docencia sea genuinamente educativa. Y
todo ello converge en una exigencia que define el perfil del ser humano que la
universidad debería formar: alguien capaz de construir puentes entre la
dimensión técnica del deporte y su dimensión humanizadora, que comprenda que no
es entrenador de cuerpos sino educador de personas en proceso permanente de
transformación. Cuando Cagigal escribía, en los años 60, que el deporte debía
estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio del deporte, estaba
sentando un principio que sigue siendo radicalmente subversivo en un mundo donde
el negocio del espectáculo deportivo ha alcanzado dimensiones colosales. Cuando
Aguilar y Bize afirman, cuatro décadas después, que educar es habilitar a las
personas para que sean constructoras activas de su propia realidad y del mundo
que habitan, están renovando ese mismo principio con las herramientas
conceptuales del siglo XXI. Y cuando Silo propone que el ser humano es el ser
que se transforma transformando su mundo, está ofreciendo la base antropológica
que permite pensar juntos, sin contradicción, el humanismo deportivo de Cagigal
y la pedagogía de la intencionalidad de Aguilar y Bize. Ambas obras nos
recuerdan que la grandeza de la pedagogía —también de la pedagogía del
movimiento y el deporte— no está en sus métodos ni en sus técnicas, sino en la
concepción de ser humano que la anima. Y que esa concepción, si es honesta, no
puede ser otra que la de un ser libre, activo, corporal, emocional, histórico y
siempre en proceso de convertirse en algo más de lo que ya es. Referencias
bibliográficas Aguilar, M. y Bize, R. (2010). Pedagogía de la intencionalidad.
Educando para una conciencia activa. Magíster Educación Humanista. Brentano, F.
(1973). Psicología desde el punto de vista empírico. Revista de Occidente.
(Original publicado en 1874.) Cagigal, J. M. (1966). Deporte, pedagogía y
humanismo. Comité Olímpico Español / Publicaciones del Comité Olímpico Español.
Damasio, A. (1994). El error de Descartes. La razón de las emociones. Andrés
Bello. Husserl, E. (1982). Ideas relativas a una fenomenología pura y una
filosofía fenomenológica. Fondo de Cultura Económica. (Original publicado en
1913.) Maturana, H. y Varela, F. (2009). El árbol del conocimiento. Las bases
biológicas del entendimiento humano. Editorial Universitaria. Ortega y Gasset,
J. (1983). La historia como sistema y otros ensayos de filosofía. Alianza
Editorial. (Original publicado en 1935.) Rodríguez Cobos, M. [Silo] (1994).
Cartas a mis amigos. Virtual Ediciones. Rodríguez Cobos, M. [Silo] (2002).
Apuntes de psicología. Virtual Ediciones. Rodríguez Cobos, M. [Silo] (1994).
Humanizar la Tierra. Virtual Ediciones. Rodríguez Cobos, M. [Silo] (1991).
Contribuciones al pensamiento. Virtual Ediciones. Rojas Hernández, R. E. (2015,
19 de mayo). La educación en valores desde el deporte universitario. Caso
práctico en la ULL: Trofeo Rector que promueve la no violencia e igualdad
[Entrada de blog]. Deporte, Humanismo y No Violencia.
https://dhumanistanv.blogspot.com/2015/05/la-educacion-en-valores-desde-el.html
Rojas Hernández, R. E. (2025, septiembre). Por un deporte no violento. Un
intento de “efecto demostración” [Ponencia]. Universidad de Verano del Nuevo
Humanismo, Parque de Estudio y Reflexión de Toledo.
https://www.youtube.com/watch?v=7LvsPjU544U Scheler, M. (2001). Ética. Nuevo
ensayo de fundamentación de un personalismo ético. Caparrós. (Original publicado
en 1913-1916.) Artículo redactado para uso académico universitario. Destinado a
estudiantes y docentes de Ciencias del Deporte, Educación Física y Pedagogía.
# posted by Ramón e. Rojas Hernández @ 14:03
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Entrevistamos a Ramón E. Rojas Hernández, director del Servicio de Deportes de la Universidad de La Laguna, con motivo de su participación en la Universidad de Verano de Adeje (Tenerife), y promotor de este programa de promoción de la igualdad y la no violencia en el deporte universitario.
 |
| Partido de rugby universitario femenino |
Pressenza.- ¿Puedes explicarnos cómo surge la idea de poner en práctica este tipo de acciones de promoción de la igualdad y la no violencia en la competición universitaria.
Ramón E. Rojas Hernández.- En el curso 2010-11 el rector de la Universidad de La Laguna, nos pide a través de la Unidad de Igualdad de la institución que emitamos un informe1 de cómo se está aplicando el principio de igualdad entre mujeres y hombres en el ámbito del deporte y la actividad física universitaria, y ahí caemos en cuenta que tanto desde el punto de vista de la oferta o programación deportiva como presupuestario está desproporcionada la promoción del deporte competición, que se identifica más con un practicante varón, respecto del deporte ocio o de recreación que responde mejor al gusto de la mujer. Esa observación y análisis nos permite corregir el desbalance que existe a partir del curso siguiente aumentando la oferta de actividades regladas y dirigidas por personal técnico cualificado de las que son usuarias las mujeres así como el monto presupuestario dedicado a ello y a dotar de material y equipamiento deportivo complementario.
Paralelamente, vamos observando que en la competición interna universitaria, aumentan los conflictos y las situaciones de agresividad, sobre todo verbal, entre jugadores y de estos hacia los jueces y árbitros, por lo que en el curso 2012/13 nos planteamos dentro del equipo de técnicos de gestión deportiva que forma el Servicio de Deportes que coordino, la posibilidad de implementar acciones que en lugar de penalizar, refuercen conductas positivas de juego limpio y de integración de la mujer también en este ámbito, dominado mayormente por el género masculino, pero que tenga consecuencias en la clasificación, es decir, que no sea solo el resultado lo que de puntos en la tabla clasificatoria, sino también que se puntúe porque no se le señale al equipo ningún tipo de amonestación, sea en forma de tarjeta o técnica descalificante, según estemos hablando de un deporte o de otro.
Y eso fue lo que hicimos, elaboramos una nueva normativa2 que regulaba la competición universitaria teniendo en cuenta que la clasificación puntuara el resultado y el juego limpio. Este curso cumplimos el tercero aplicándola. Destacar que es una normativa dinámica, que se va mejorando cada curso con la participación de los alumnos, con quienes consensuamos todos los detalles.
Pressenza.- Y este asunto se lleva como ponencia a un curso denominado “Por un deporte sin violencia” dentro del marco de la Universidad de Verano de Adeje (UVA)3, que organizan conjuntamente este municipio sureño con la Universidad de La Laguna
RERH.- Así es, la profesora Patricia Pintor Díaz, directora del curso, nos invitó a participar dentro de un panel de ponentes muy completo que quien lo desee puede consultar en el enlace al programa del curso completo. El martes pasado desarrollamos nuestra ponencia frente a 28 alumnos, mayormente maestros, entrenadores y alumnos universitarios de diversas carreras en una de las aulas del Complejo Deportivo municipal “Las Torres” de Adeje.
La exposición tuvo dos objetivos:
Dar a conocer cómo fomentamos el deporte sin violencia y la no discriminación sexual, mediante el refuerzo de conductas positivas, incorporando nuevos criterios de puntuación para determinar la clasificación en las competiciones internas de la Universidad de La Laguna.
Y reflexionar y experimentar con ciertas herramientas que les permitan tener una mayor comprensión del fenómeno de la violencia y de cómo tratar de superarla en uno mismo.
La primera parte de la misma consistió en la presentación de esta experiencia de aplicación del refuerzo positivo de conductas en el deporte competición universitario.
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Educación FC - Equipo campeón del Trofeo Rector "Intercentros" 2015 de fútbol 7 |
Y en la segunda parte realizamos un taller práctico de descubrimiento de las virtudes personales que consiste básicamente en detectarlas y tratar de ver también las virtudes o cualidades que los demás ven en mi y yo veo en los demás. El objetivo del taller es el de experimentar la diferencia que hay entre la actitud o mirada negativa que solemos mantener, que solo ve defectos y errores, que es la que mayormente practicamos en todos los ámbitos de la vida, frente a una actitud positiva apoyada en las virtudes o cualidades reales que tengo y que otros me ven también y desde la cual también miro a los demás destacando sus virtudes por sobre cualquier otro rasgo negativo.
Pressenza.- ¿Cómo visualizas el fenómeno de la violencia hoy?
RERH.- Este mundo en el que vivimos es un lugar muy violento. No estamos hablando simplemente sobre las formas más obvias de violencia física, como la guerra, el terrorismo, la violencia doméstica, de género, etc. También estamos hablando sobre formas más sutiles de violencia, por ejemplo, la violencia económica -conocida como explotación, trabajo forzado de los niños, inseguridad laboral, etc.
Hay también una violencia psicológica –cuando hay intolerancia, discriminación, etc.-; una violencia sexual – cuando se da una violación, desigualdad sexual, etc.
Podríamos continuar con otros tipos como la violencia religiosa, violencia cultural, violencia racial, fobia a la homosexualidad, y un largo etcétera.
Para empezar a entendernos, definiremos a la violencia, como algo que causa dolor y sufrimiento en los seres humanos y que no puede resolverse por los adelantos de la ciencia y la medicina.
Usamos la violencia para imponer nuestra voluntad a otro u otros a costa de no contemplar ni respetar la libertad de opción de los demás. Tratamos a los demás objetalmente y nosotros también nos convertimos en objetos al instrumentalizar la humanidad propia y la de los demás.
La violencia ha penetrado también en el deporte, obviamente, al ser un subsistema dependiente del sistema mayor, que es estructuralmente violento, ya que unos pocos imponen a la mayoría todo tipo de injusticias.
Ganar a cualquier precio, dejar participar sólo a los “mejores”, discriminando al bajito o al gordito o a la niña o al que tiene gafas, agredir física o verbalmente a los jugadores del otro equipo o a los árbitros, realizar insultos xenófobos, sexistas o racistas, producir lesiones de manera intencionada al contrario, dejarse ganar a cambio de prebendas, son sólo una muestra de la gran variedad de ejemplos de violencia que existen en este ámbito.
Pressenza.- ¿Es inevitable la violencia?
La violencia no es un fenómeno natural como podría serlo el rayo o la lluvia y el viento.
La violencia es evitable y se la puede ir ganando terreno hasta hacerla desaparecer completamente. Porque creemos que la violencia es un error de conducta y se aprende, también creemos en la necesidad de aprender la no violencia como metodología de acción social, interpersonal y personal.
Desde el punto de vista de la libertad humana, no es lo mismo creer que el ser humano desarrolla su vida como respuesta refleja o pasiva frente a las condiciones y acontecimientos que la rodean, que creer que el ser humano modifica y crea intencionalmente tales condiciones y acontecimientos. Nosotros adherimos a la segunda opción, consideramos que el ser humano tiene intención y capacidad intencional de cambiarse a él mismo y cambiar todo lo que le rodea en mutua interdependencia e influencia.
Desde nuestro punto de vista, hoy está tan arraigada la creencia en que es inevitable la violencia, que caminar hacia la no violencia requiere de cambios profundos en la sociedad y en el individuo de manera simultánea.
Pressenza.- ¿Crees que las medidas que se han puesto en práctica en las competiciones universitarias van a terminar con la violencia?
RERH.-No creemos que, solo, con este tipo de medidas se consiga tal objetivo, ojalá fuera tan fácil acabar con la violencia y la discriminación, no solo en el deporte sino en cualquier ámbito de la vida humana, sea personal, interpersonal o social a cualquier escala.
Pero por algún lado habrá que empezar a concienciar individualmente y grupalmente sobre este grave problema, este es solo un pasito más.
Resolver cualquier conflicto mediante una conducta violenta, se ha demostrado que no sirve, no solo no resuelve el problema sino que lo agudiza y promueve que la respuesta de vuelta también sea violenta. La violencia produce más violencia.
Si básicamente tuviéramos en cuenta la eficacia, comprenderíamos que responder violentamente es absolutamente ineficaz. Si además tenemos en cuenta el daño y sufrimiento que produce ejercer la violencia sobre los demás, que, sin embargo, es la consecuencia peor y la que nos motiva, precisamente, a evitarla, queda claro que el uso de la violencia solo trae inconvenientes que no solo quedan referidos a las personas involucradas, sino que a modo de enfermedad infecciosa, va afectando negativamente a todos los que me rodean.
Reconocer que la violencia está en mí, no solo como alguien que la recibe, sino también como alguien que la ejerce sobre sí mismo y sobre los demás, es el primer paso para empezar a cambiar y querer aprender a responder de un modo no violento. Es un cambio de enfoque radical, que va a la raíz del asunto, ya que hay que tener una mirada interna, no solo externa, sobre este fenómeno en el que soy agente y paciente.
Luego, las consecuencias de todo esto habrían de aplicarse a todos los niveles: personal, interpersonal y social, de manera local y global, en relación al ser humano y también al medio ambiente, que es nuestro hogar, nuestra habitación para desarrollarnos individualmente y como especie.
Pressenza.- Por último, ¿Puedes hacer balance sobre los objetivos buscados y los resultados cosechados con esa medida en la competición universitaria?.
RERH.- Si tenemos en cuenta lo que comentamos al principio respecto del contexto en el que había surgido este planteamiento, podemos decir sin ningún género de dudas que el balance es positivo.
Hemos rebajado aproximadamente el 58% de las tarjetas y técnicas señaladas en la competición y se ha mejorado el clima de juego, consiguiendo además que sean los propios compañeros de equipo quienes intervengan cada vez que uno de los suyos tiene una mala actitud o conducta, facilitando la labor de los árbitros. Esto desde el punto de vista del juego limpio.
Respecto de la mejora de la integración y participación de la mujer en condiciones de igualdad en la competición universitaria, los datos hablan por sí solos:
Mientras que en el curso 2005/06 la participación femenina era del 35,8% con 2.323 participantes , en el curso 2014/15 ha pasado a ser del 42,1% del total 3.437 mujeres. Ha subido el número y el porcentaje respecto al total de universitarios que hacen deporte.
Teniendo en cuenta que la puesta en marcha de ambos programas datan de:
– Acciones por la igualdad: en el curso 2010/11
– Acciones por la no violencia y juego limpio: en el curso 2012/13
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1 En este enlace se pueden consultar los informes sobre el principio de igualdad y de promoción de la no-violencia en el ámbito deportivo universitario que fundamentan esta experiencia:
2 Puede consultarse la normativa aplicada en el curso 2014/15 en este enlace:
3 Información completa del Curso “Por un deporte sin violencia”:
# posted by Ramón e. Rojas Hernández @ 18:02
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